Películas

Foco Derechos Humanos

En colaboración con el Instituto Nacional de Derechos Humanos. Este año, la selección de películas del Foco DD.HH tiene como temática principal la inmigración.

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Foco Aldo Garay

Cuando se revisa en retrospectiva la obra de un realizador es inevitable encontrar puntos de contacto entre una pieza y otra. Pero en el caso del uruguayo Aldo Garay uno podría pensar que se trata de una obsesión. Que de las siete películas que presentamos en esta muestra, seis sean sobre travestis o transexuales, suena redundante. Sin embargo, es evidente que hay diferencias notables entre Yo, la más tremendo, ese primer documental filmado a los 23 años con una cámara prestada, y su última película, El hombre nuevo, estrenada en el Festival de Berlín, ya como un realizador consolidado de 46 años. Cambios que van desde una puesta en escena más sólida o de una cierta seguridad al tomar la cámara y enfrentar a sus personajes hasta un ambiente más abierto para tratar un tema considerado otrora tabú. Y es que las películas de Garay, como los personajes que las habitan (que suelen repetirse a través de los años), han ido experimentando los cambios que ha habido en Uruguay y en el mundo frente a la diversidad sexual.

El cine de Garay se caracteriza por una ausencia total de morbo para retratar a sus protagonistas. Los observa con la suficiente cercanía para enseñarnos sus particularidades y tiene la suficiente distancia y pudor para no llegar a caricaturizarlos. Ser travesti o transexual es mucho más que una condición sexual, es un pasaje directo a la marginalidad. Pero a Garay no le interesa hacer una denuncia social sino documentar la dinámica social que define esa marginación. Por eso los personajes hablan con gran serenidad de la promiscuidad y la prostitución, de las humillaciones y frustraciones. No porque el mundo transgénero sea indiferente al dolor sino porque está tan incorporado a su experiencia cotidiana que su propio relato ha bloqueado las emociones al transmitirlo. En ese sentido, Garay no abre ni escarba en esas heridas, deja que se manifieste consciente o inconscientemente. Como la pareja de Ignacio y Julia, de Mi gringa, retrato inconcluso, que han llamado a su perra “Miseria”.

Garay no tiene un discurso. Les da libertad a sus personajes para que se expresen como quieran, pero tiene la precaución de protegerlos, evitando exponerlos cuando llegan demasiado lejos.

Aunque la sola idea de ver una película de transexuales genere todo tipo de prejuicios, el cine de Garay está en las antípodas del escándalo. Sus películas tratan finalmente de la soledad, y de cómo esos hombres y mujeres, hacen lo imposible para sortearla y construir algo que sea lo más cercano a una familia.

– Jorge Morales.

Barcelona 22-04-2016 - Entrevista con el director de cine Andres Duque que presenta su nuevo documental en el CCCB  Foto Carlos Montanes

Foco Andrés Duque

No es fácil clasificar el cine de Andrés Duque como inclasificables son los personajes que ha retratado en sus películas. Desde Iván Zulueta (en Iván Z, 2004) pasando por la mujer filipina que practica un raro ritual en una esquina de Barcelona (en Paralelo 10, 2005) hasta Oleg Karavaichuk en la notable Oleg y las raras artes (2016). A su manera, todos estos personajes, tienen algo de Duque. Por un lado, el cineasta hispano venezolano ha hecho propio un dicho del mismo Zulueta “no es la imagen es el objeto” que valora la materialidad por sobre la representación. De hecho, en el corto que lleva el título homónimo (No es la imagen es el objeto, 2008), Duque se come –literalmente- las láminas de un álbum de estampitas llamado “Hombres razas y costumbres”, después de haber ensayado cambiarlas de lugar como jugando con la precariedad de nuestras identidades. Los vínculos misteriosos que Duque establece con los materiales que montó en sus dos primeros largometrajes (Color perro que huye [2011] y Ensayo final para utopía [2012]) tienen algo de la extraña geometría que la mujer filipina ocupa (tras hacer cálculos inverosímiles) para ordenar su mundo en esa intersección de calles catalanas. No es que sean películas incomprensibles, pero son películas por sobre todo disonantes como la música de Oleg Karavaichuk. Activan la mucosa, como diría Oleg, te desconciertan, porque juegan en un terreno que no busca la conformidad sino desafiar tus niveles de lectura. Son perfectas en su imprecisión, si cabe la contradicción. El cine de Duque tiene ese color indefinible con que título su primer largometraje (Color perro que huye), y son inasibles como toda obra que quiere ensanchar los límites del cine. No es experimental a fuerza, funciona como se estructura el inconsciente, hace asociaciones abstractas que tienen una lógica interna que puedes descubrirla o no, pero que genera una experiencia de exploración y de sentido. Siguiendo ese predicamento, Oleg y las raras artes puede parecer un film más convencional, pero Duque entiende –como lo hizo con Iván Zulueta- que a veces lo trasgresor es dar las herramientas para que se expresen los trasgresores. Parafraseando su propio lema: no es la imagen es la persona. En todo caso, parece poco probable que el camino iniciado con Oleg y las raras artes –que le permitió tomar contacto con un público más mayoritario- necesariamente vayan a redefinir su cine. Porque su filmografía habla de un cineasta inquieto y curioso más preocupado de las búsquedas que de las metas.

– Jorge Morales.

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Foco Antoine Boutet

Antoine Boutet inicio su camino en el documental de la mano de las artes visuales. De hecho, Zone of Initial Dilution (2006), formaba parte de una instalación. La reconversión de ese mismo proyecto semi experimental en un documental –donde se hacía una crítica concreta al régimen chino sobre la destrucción de pueblos por extensas regiones del país debido a la construcción de una represa- parece haber determinado una suerte de replanteamiento de qué medios utilizar para que esa acusación tuviera posteriormente un peso más específico. En otras palabras, en su siguiente film en China (Sud Eau Nord Déplacer, 2014) –sobre un plan muchísimo más devastador de canalización de agua del sur al norte de país-, Boutet no temió ocupar medios más convencionales (como entrevistas a distintas personas gestoras o detractoras del proyecto) para que su denuncia resultara mucho categórica. En ese sentido, Sud Eau Nord Déplacer es un testimonio contundente del atropello de las autoridades chinas en su idea megalomaníaca de progreso, con masivas y vejatorias emigraciones obligadas. Lo más emocionante de esta película es ver al pueblo chino empoderado frente a los abusos, hablando abiertamente de sus pérdidas, de la corrupción local, de las promesas incumplidas del gobierno, decididos a hacer frente a la injusticia en comunidad.
Le Plein Pays (2009) parece harina de otro costal. De la monumentalidad espacial a la claustrofobia, del registro de lo colectivo a la intimidad de lo antisocial. Esta película trata sobre Jean Marie Massou, un ermitaño que parece sacado del medioevo, un “ogro” solitario que hace cuevas subterráneas mientras declama letanías incomprensibles. Un universo tan cerrado y concentrado en sí mismo, que Massou escucha su propia voz grabada en casetes articulando esos mismos discursos sin sentido. Boutet expone ese mundo sin prácticamente intervenirlo. No hace preguntas, no espera respuestas, observa sus rutinas, sus obsesiones, casi evitando quitarle espacio en esa pequeña comarca autosuficiente que ha creado en un bosque de Francia, como si la única manera de entender ese mundo sea verlo expuesto en su sinrazón.

Si uno quisiera encontrar un punto de contacto entre estos trabajos tan disímiles, sin duda, es la relación del hombre con la naturaleza, de su necesidad de modificarla y adaptarla a sus propios intereses. Bien pueden ser millones de obreros en China trabajando con máquinas gigantescas destruyendo regiones enteras o un misántropo francés sacando rocas con su tractor desde el “patio” de su casa. Hay algo misterioso en el gesto de horadar la tierra, en esa necesidad de recomponer el paisaje, como si el hombre nunca pudiera adaptarse a su medio y debe someterlo a una cirugía reconstructiva a su imagen y semejanza.

– Jorge Morales

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Foco José Luis Torres Leiva

Hace unos años conversábamos con José Luis Torres Leiva de una escena de El cielo, la tierra y la lluvia, su primer largometraje de ficción: una niña corre detrás de un perro y ambos desaparecen entre los pastizales cubiertos por la neblina. Al principio la cámara los sigue, pero de pronto los abandona y se queda enfocando un árbol al que empieza a recorrer lentamente por sus ramas.

“Me fui por las ramas”, se reía Torres Leiva como estableciendo un simple y muy gráfico marco definitorio para su particular personalidad cinematográfica. Una personalidad que va más allá del estilo propiamente tal de sus películas. Torres Leiva es uno de los pocos cineastas en Chile que no está preocupado de “crecer” cinematográficamente hablando (crecer en presupuesto, crecer en distribución, crecer en fama internacional). Torres Leiva bien puede hacer una película “grande” como El viento sabe que vuelvo a casa o hacer un cortometraje a diario de menos de 5 minutos que circula libremente por internet (como su proyecto inacabado de Un año). De hecho, les voy a contar un secreto: la mayor parte de las películas que estarán en FIDOCS pueden encontrarse en su canal de YouTube. Y es que para Torres Leiva el cine es mucho más que un oficio, es una forma de relacionarse con el mundo. Para él hacer un largo o un corto, filmar en solitario o en equipo, con mucha o poca plata, no son iniciativas excluyentes. Porque más que crecer, el cine de Torres Leiva tiende a ensancharse. Le gusta experimentar, le gusta filmar y no piensa que ninguna plataforma necesariamente sea mala, sólo es distinta y por lo tanto requerirá también formas de trabajo diferentes para las que tiene la madurez y flexibilidad esenciales para adaptarse.

Antes se solía decir que su cine era contemplativo, pero hoy su estilo no puede clasificarse con tanta facilidad. Del tono melancólico que caracterizó sus primeros trabajos hoy parece por el contrario un cine optimista que encuentra en las cosas más simples los destellos de una humanidad entrañable. Sí, es un cine que contempla, que mira con atención, con empatía, sin desprecio ni maledicencia. Pero que tampoco teme a provocar, como este extraordinario “fraude” que es El viento sabe que vuelvo a casa, un documental sobre una película que nunca se va a hacer. El cine de Torres Leiva ha evolucionado, pero dentro de su mismo espacio de desarrollo. No es un cine de “grandes temas”, es un cine de los sentidos, táctil, frágil. Es un cine que sabe –como se titulaba ese viejo libro de economía alternativa- que lo pequeño, es hermoso.

– Jorge Morales.

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Foco Sylvain George

Sylvain George, que fue trabajador social antes que cineasta, nació para el cine contemporáneo en 2009, cuando presentó en el FIDMarseille su largometraje L’impossible. Pages arrachées (2009), un extenso ensayo sobre los movimientos sociales y políticos que empezaban a multiplicarse a escala global con motivo de una situación económica y política de profunda crisis, y que apuntaba de manera precisa las constantes del trabajo que después se vería expandido: la búsqueda de una forma nueva (poética más que narrativa, lírica más que enunciativa) para hacer cine político, y el trabajo en solitario, pegado al terreno; un “hazlo tú mismo” en el que la independencia no es etiqueta sino militancia.

En 2010, y de nuevo en el FIDMarseille, George presentó una primera versión de Qu’ils reposent en révolte (Des figures de guerres I), que desarrollaba algo que ya estaba en su anterior película: el retrato, en un blanco y negro de alto contraste, del puerto francés de Calais, donde inmigrantes venidos de toda África se concentran confiando en lograr cruzar el Canal de la Mancha rumbo a Inglaterra. Alejado de cualquier tic del cine social cargado de “buenismo”, el trabajo de George tiene tanto de militancia como de huida del realismo documental, al que difícilmente se le puede asimilar.

Los tres años que George pasó conviviendo con los inmigrantes en Calais, no-personas en un no-espacio, le han servido para componer, Les éclats (Ma guele, ma revolte, mon nom, 2011), en el que profundiza en ese trabajo con el espacio y el tiempo, con los rostros, las voces y las huellas de los que solo son estadísticas o rostros fugaces en los informativos televisivos.

En contraste con esos noticieros vacíos, él mismo propone en su más reciente obra, Vers Madrid – The Burning Bright, un noticiero experimental, poético y político en torno a la ocupación de la Puerta del Sol, a la altura de la lucha poética y política de aquéllos que su cine retrata.

Festival Punto de Vista de Navarra

Radio Documentales

La vista es la vedette de los sentidos. Nos da una idea perfecta, acabada y verificable del mundo, tanto, que solemos creer mucho más sobre lo que entra por nuestros ojos que lo que percibimos con nuestros oídos.

Este es un festival de cine, de documentales. O sea, “ver” es la palabra clave y fundamental que nos convoca. Pero esta vez, sólo queremos invitarlos a “escuchar”.

Con estas palabras instábamos a los espectadores el año pasado a participar de una experiencia nueva en FIDOCS: estar en una sala de cine sentados cómodamente en sus butacas, en completa oscuridad, compartiendo colectivamente una experiencia sonora, escuchar radiodocumentales. La idea no sólo era inédita en Chile sino que tampoco correspondía a la manera que este género se difunde por el mundo, que como su nombre lo dice, simplemente se transmite por radio.

Pero en 2015 no quedamos satisfechos, y este 2016 decidimos redoblar la apuesta ocupando un nuevo espacio –la sala K- que ofrece condiciones técnicas óptimas para su exposición.

El programa de este año contempla tres trabajos de distinta inspiración y estilo.